Latidos del Miedo

Publicada en Publicada en Jueves de Historias

La puerta de hierro era majestuosa, y a la vez terrorífica. Tenía más de cien años de haber sido construida. Estaba pintada de un color negro metálico, sobre el que se reflejaba la blanca brillantez de la luna llena. No había otra puerta para entrar al cementerio.

La brisa fría que salía de entre los oscuros barrotes del pórtico de la temible necrópolis venía de ningún lugar. La esencia de la muerte y de las almas perdidas rondaba por todo su alrededor. Las nubes de humo que salían de dentro de las cuatro paredes del funesto lugar reflejaban el color anaranjado de las llamas que las producían.

Según mi abuelo, es aquí, bajo la luz de la luna llena a medianoche, que aquellos malignos de capuchas negras comienzan con sus rituales de profanación. Se dice que aquellos “malignos” abren tumba por tumba, buscando almas que hayan muerto con rencores guardados en sus corazones. Esos rencores son los que dan paso a la resurrección maldita que trae de vuelta, desde el más allá, las almas sin descanso al respectivo cuerpo putrefacto para calmar sus penas y que puedan descansar en paz. Pero todo es una farsa. Los “malignos” trabajan para sus propios fines. Algunas de esas almas sin descanso deambulan por los caminos de concreto del camposanto asustando a los despistados que caminan por aquellos parajes a altas horas de la noche, para calmar, no satisfacer, sus ansias de conseguir la paz eterna. Son los “malignos” los únicos que no son perturbados por las almas perdidas, y también los únicos que pueden comunicarse con ellas.

Para cuando los malignos rituales empiezan, exactamente a las doce de la medianoche, todas las ventanas y puertas de la comunidad se estremecen, como si un viento bárbaro las azotara sin piedad. No es que en verdad la brisa no existiera, pues se lograba escuchar las hojas rodar por el suelo, y los árboles inmensos abatirse ante tan inusual fenómeno. El incesante vendaval permanecía por más de un hora, en la cual ninguno de los niños llorones y los ancianos desvelados podían pegar un solo ojo. Pero nadie podía hacer nada. Nadie conocía la naturaleza de los anómalos eventos, ni el tiempo que hace ya que iniciaron; sólo saben que aún están presentes, perturbando las noches de muchos.

No me atrevía a dar un paso más. Me encontraba a menos de cinco metros de la funesta puerta, la cual permanecía cerrada. Por más fuerte que se hicieran las poderosas ráfagas, los sombríos barrotes permanecían quietos. Una cadena y un candado mantenían la poterna tapiada, los cuales permanecían inmóviles ante el incesante oreo.

En un instante, el candado negro se abrió, giró y cayó en el suelo, levantando algo de polvo y produciendo un pequeño agrietamiento en el duro cemento por su gran peso. Las cadenas empezaron a moverse sin razón alguna como si fueran una serpiente entre los gruesos barrotes de la inmensa puerta. Al cabo de pocos minutos en los que yo permanecí atónito, las cadenas se alejaron en dirección a una de las tumbas del cementerio, arrastrándose con un movimiento serpenteante. El sonido de las cadenas se consumía ante la distancia y el crujir de algunas ramas. Las puertas entonces se abrieron hacia mí, a la par que una helada y salvaje ventisca se abalanzaba sobre mi cuerpo, empujándome. Me cubro los ojos para no perder la visibilidad y abalanzo mi cuerpo hacia adelante para poder avanzar ante el fenómeno.

Ya habiendo cruzado el lóbrego pórtico, la atmósfera era completamente diferente. Parecía haber un remolino de aire ahumado y caliente que inundaba hasta el más mínimo rincón. Una batahola que provenía de cada una de las paredes de todas las estructuras del interior del camposanto creaba una atmósfera de aprensión y duda. Siento la lluvia caer sobre mi pelo y hombros. No era agua cualquier la que caía: era silente y seca. Volteo hacia atrás y me percato de que fuera las blancas paredes no estaba lloviendo. Lo ignoro y me muevo cautelosamente.

Me acerco a una de las primeras casas pequeñas que conforman los depósitos familiares de este cementerio. Miro entre los hierros que cubren su frente y logro ver un rosa marchita cruzada en una especie de meseta construida al final del pequeño cuadro. También había una vela encendida que estaba siendo azotada por el ciclón, pero que no se apagaba. Un portarretratos, en cambio, no se veía afectado de ninguna forma. En él una foto de una muchacha joven, de pelo negro y ojos oscuros, que no sonreía. Perdí toda razón y me vi sumergido en aquella imagen. El ruido de un cristal rompiéndose me interrumpió. Sacudí mi cabeza para volver a la realidad. El portarretratos estaba roto, y yacía en el piso. Me toco la cara. Tengo una pequeña cortada a causa de uno de los trozos del vidrio quebrado. Me enjugo la sangre y me alejo de la caseta.

Escucho unos pasos ajenos no muy lejos de mí, pero tampoco muy cerca. Busco un lugar cerca de donde yo estaba para ocultarme. Veo un árbol enorme que estaba siendo estremecido por el vendaval, y que tenía unos cuantos bloques de piedra maciza debajo. Me oculté tras sendos elementos de modo que pudiera ver en la dirección de la cual provenían los pasos.

Mi corazón late tan fuerte que mi pecho me duele. Siento la adrenalina correr por cada centímetro de mi cuerpo. Empiezo a sudar frío.

Veo un resplandor que se acerca lentamente, pero no en mi dirección. Temo que sea uno de los encapuchados. He escuchado que los “malignos” son capaces de ver el aura de las personas para descubrir dónde están ocultas, aun en la oscuridad.

Los pasos se escuchaban cada vez más cerca. El resplandor también se veía más próximo. Las ululaciones eran incesantes, y a la vez inspiraba ansiedad.

Se logró ver entonces una figura alta entre otros dos nichos familiares, la cual sostenía un cirio. Iba con la cabeza baja. No podía ver su rostro, pero por la forma de su cuerpo, supe que era un hombre y no una mujer. Se detuvo a mitad de la acera que se anticipaba al claro donde se encontraba el árbol. Yo me quedé muy quieto, esperando alguna reacción de su parte. Fue cuando empezó a alzar la cabeza muy lentamente. Me encontraba viéndolo fijamente y con sumo cuidado. Ya con su cara en alto, el hombre revelaba su rostro: tenía una barba que había sido afeitada hacía pocos días; era de piel clara y ojos oscuros. El misterioso sujeto estaba examinando todo su alrededor. Un escalofrío recorrió mi espalda. El ente volteó su mirada hacia mí. Sentía como la maldad y los sentimientos de ira penetraban mi cuerpo por mis ojos.

Inmóvil, paralizado de los pies a la cabeza, miro la figura alta del maligno, cuyo rostro me era imposible ver por completo, sin saber qué esperar que hiciese, sin saber a qué temer.

Tiemblo. Siento miedo. Mi corazón late con fuerza. A cada segundo que pasaba el viento se hacía más fuerte, pero ninguno de los dos nos movíamos. El caos existía afuera: en el espacio entre él y yo había tranquilidad mezclada con odio.

Lentamente, el maligno se va retirando la capucha, y la luz del fuego de su vela ilumina su rostro. Por inimaginable que parezca, el maligno me era familiar, conocido, alguien a quien conocía perfectamente: ¡era yo mismo! Él y yo somos idénticos, sólo que su cuerpo estaba cargado de ira, dolor, pena, maldad, odio, y todo esto lo irradiaba y descargaba en todo su alrededor… Podía sentirlo entrando en mí.

Era una conexión extraña, más allá de lo natural, aún más que de lo irreal o lo insólito. Se parece a los polos de un imán: los opuestos se atraen.

Sacudo mi cabeza. Estaba inmerso en mis sueños, pero seguía dentro del camposanto, sólo que el maligno no estaba donde lo había soñado. Aunque su presencia era tangible en la atmósfera: se escuchaban pasos de varias personas más lejos, y el resplandor del fuego de más de una vela se veía reflejado en las nubes de humo negro que flotaban por el aire sobre la necrópolis. Se movían junto con los pasos, en perfecta sincronía. A pesar de lo irreal de lo que acababa de imaginar, los malignos sí existen después de todo. Pero, ¿en verdad ese maligno era idéntico a mí? Y si así lo era, ¿por qué? Tenía el deseo ferviente de responder a las interrogantes, pero el miedo me lo impidió. Me marcho del cementerio. De todas formas, la próxima luna llena traerá a los malignos de vuelta, y con ella lo que busco…

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